Posts filed under 'Cuentos'

Tiempo de espera

No tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo
y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj.

Alicia en el País de las Maravillas

Esta es la espera, me dijo, y dibujó una cosa que parecía una roca con la base más ancha. Este es el deseo, y dibujó una flecha.
Este es el tiempo, y el dibujo fue un círculo grande donde estaba el deseo y la espera. Con su lápiz puntiagudo comenzó a señalarlos mientras explicaba.
La espera es una mentira del tiempo. El tiempo le miente al deseo, le dice que ya viene eso a lo que apunta su flecha –que puede ser cualquier cosa, precisaba-. Entonces aparece la espera, que es esta cosa que esta aquí –señalaba- y que en realidad no es nada, no existe.
Decía en realidad y se reía, porque sabía que eso también era una broma.
El tiempo siempre hace lo que quiere, viene de acá para allá y a veces es reloj y calendario, otras es una noche eterna donde te duermes de noche y te despiertas de noche y te duermes otra vez y de vuelta a la noche. Otras es un viaje en metro que dura por siempre. Aún otras es una vida que dejó de ser arrastrada para quedar aplastada debajo del tiempo como en un aluvión. Todo eso al tiempo le da lo mismo, se ríe –el tiempo tiene muy buen sentido del humor, un poco sarcástico, no como el destino, pero esa es otra historia-. Como ves, el que queda afuera acá es el deseo, que se confunde, se pierde, se queda sepultado debajo de la espera que se vuelve grande y pesada. Porque el tiempo nutre a la espera, que es cada vez más inamovible, porque cada segundo vale más que el anterior.
Yo ponía cara de que entendía.
El deseo, engañado por el tiempo, alimenta la espera, decía satisfecho.
Qué hacemos con el deseo entonces, le pregunté.
Movió la cabeza reprobatoriamente, como si yo hubiera entendido todo al revés.
El problema no es el deseo, me dijo, es la espera, es eso lo que hay que sacar del medio, la mentira que hay que desmantelar.
Y cómo, pregunté sabiendo que era esa la línea que me tocaba.
Sonrió, disfrutando mi conocimiento del guión, que le permitía hacer su cierre triunfal.
La espera se abandona.
Hizo un silencio dramático.
Se le da la espalda y punto, ahí el deseo queda liberado y el tiempo va a torturar a alguien más.
Ja, dije yo.
A ver si entiendo.
Dejé de esperar que se callara y le lamí la cara, porque hace rato me preguntaba qué sabor tendría.

2 comments 7 Enero, 2008

El hombre del bar

Para Artemio 

Todos los veranos llegabas en tu barquito que venía de un territorio impronunciable. Yo llegaba al bar la primera o segunda semana, sabiendo que ibas a estar ahí, con la luz amarilla que se derramaba sobre ti y salpicaba a los espectadores de siempre que, como yo, iban a mirarte hablar de unas aventuras tan inverosímiles como tú mismo, que aparecías sólo cuando había sol y ya no nos escondíamos debajo de dos toneladas de ropas que nos ahogaban luz y oxígeno.

Te sentabas en uno de esos pisos tan incómodos, para ponerte a declamar cosas que todos después comentábamos, que es imposible, que se lo inventa todo, que en realidad vive encerrado en un sótano todo el invierno, inventando estas cosas que después nos cuenta. Pero la verdad es que sí te creíamos, y cuando llegábamos a casa de madrugada nos quedábamos mirando el techo, imaginando esas historias que escuchábamos. Lo creíamos porque nos resultaba imprescindible, porque sentíamos que el reloj a las 7 de la mañana, los papeles, las planillas, el café, el casino, el bus y la tele, se volvían insoportables si no pensábamos en el día en que volverías al bar.

Esto lo sé porque de vez en cuando iba para allá en otra época, llegaba como vagabunda perdida que encuentra una islita conocida para pararse un rato, como si ese lugar fuera una colina desde donde identificar el norte. Siempre me encontraba con alguno de nosotros, que se aferraba a un vaso como a una boya, un lugar precario donde descansar sólo un momento. Nos mirábamos, y aunque no nos supiéramos ni el nombre, nos reconocíamos, tú la última vez estabas sentado a la derecha, y tú parada en segunda fila, y eso lo decíamos con una sonrisa leve y sin ganas. Nos hundíamos en el silencio del bar semi-vacío, no decíamos casi nada, a penas comentábamos una canción, la misma que había sonado toda la vida por esos parlantes chicharrientos, qué buen tema, decíamos, o ni siquiera eso, sólo un ruidito, una onomatopeya como uh, o mh, que significaba esta es la canción de siempre, y eso estaba mucho más allá de si nos gustaba o no.

A veces traicionábamos ese lugar, nos íbamos, jurábamos que no íbamos a volver nunca, nos asegurábamos que el tiempo de andar perdidos ya había pasado, que era hora de los comienzos. Sin embargo los comienzos siempre se acababan y ahí llegábamos los descomenzados, los recomenzados y los no comenzados, a esperar algo, que podría haber sido cualquier cosa, pero adoptaba la forma de un hombre cruzando el umbral la primera semana de verano.

1 comment 14 Diciembre, 2007

Preguntas

- Mamá, ¿dónde está mi papá?
- Ismael, ¿dónde dejaste la cotona? ¡Otra vez perdiste la cotona! ¡Te he dicho que cuides tus cosas! ¿Acaso crees que la ropa la regalan?

Fue entonces cuando Ismael, con la cotona puesta, aprendió que hay preguntas que no tienen respuesta

Add comment 10 Diciembre, 2007

Conversación con tu perro

Semanas sin saber de ti, con un ridículo número inútil. Mi rumbo indeterminado se convirtió en tu casa. No estabas. Mejor, no tenía nada para decirte. Tu perro gimió al verme. Me quedé a conversar con él sentada en el umbral ¿Estás solo? le dije, él se sentó a mi lado. Yo también. Le expliqué la diferencia entre estar sola por voluntad y estarlo por obligación, él entendió perfecto. Puso la cabeza en mi regazo, no porque necesitara que le palmeara el lomo, sino porque lo necesitaba yo.

Add comment 8 Noviembre, 2007

Fe

Cree en Dios, el Demonio y que no hay micros después de las tres. Cree en el amor verdadero. Cree que, si aprieta el botón para que den la luz verde y llega al paradero antes de 5 minutos, se volverán a encontrar.

2 comments 30 Octubre, 2007

Intermedio

−Es que no tenemos futuro− le dijo
−Pero tenemos presente− le contestó, porque a lugar común, lugar común y medio
−Idiota−acotó−todo el presente se acumula para pasado que aguanta sólo la nostalgia, que debe ser una de las estupideces más grandes
−Una de las estupideces más grandes es hacerse tanto caldo de cabeza por todo, gil
−No se puede hablar en serio contigo
−No, por eso te gusta juntarte conmigo
−Es verdad−jaque, pensó un rato−es que a mi me carga todo este tema de andar echando gente de menos, preferiría echar gente de más. Si sé que todo este discurso es insostenible, pero de verdad que encuentro que los términos se contradicen entre sí y me quedo como en un atochamiento, sin poder ir para atrás ni para adelante.
−Sí, eso pasa cuando uno se toma las cosas en serio, o cuando las cosas se lo toman en serio a uno. En realidad tu problema no es un problema, te estás quejando por anticipado de algo acerca de lo que te vas a quejar igual después, no importa lo que suceda desde este momento en adelante.
−O sea que tanto me gusta la nostalgia que voy ensayando con tiempo
−Exacto
Mientras se reía le dieron unas ganas terribles de llorar y una vergüenza considerable por eso. Pensó que encantada externalizaría sus emociones a un contratista que supiera qué hacer con ellas. Tomó mucho aire y se sopló la nariz, abrió mucho los ojos y miró para otro lado, un lado que ni siquiera estaba ahí, ese era el rito que tenía para no llorar. Logró tragárselo todo, pero se le quitaron las ganas de hablar. Cualquiera habría respondido a esa incomodidad cambiado el tema, habría dicho algo chistoso, o en el peor de los casos habría dicho me tengo que ir. Lo que recibió en cambio fue un silencio sólido que le decía, está bien, no pasa nada, y eso no le quitaba la angustia, más bien la incitaba a darle una rienda que no quería darle por ningún motivo. Eso pasa por odiar los dramones. En esos casos se podría pedir permiso para ir al baño, decir “disculpa, tengo que perder el control 3 minutos, vuelvo al tiro”, lo habría hecho si no fuera porque sabía que 3 minutos no iban a ser suficientes.
−¿Entonces lo que quieres es despedirte ahora?
−Te encanta ridiculizar mis zapatos chinos
−Eh, sí, es cierto, pero un poco también para que te desenredes tú, para que te resulte excesivamente evidente la inexistencia de tu problema
−¿Cómo “un poco”? ¿Qué es el otro harto?
–Reírme, obvio
–Te odio
–Mejor para todos
Los abrazos son un gran invento, pensaba, mientras se dejaba rodear por esa tibieza de “yo también te voy a echar de menos”

1 comment 25 Julio, 2007

La estrategia del gato

Un gato adopta a un humano muy lentamente, con mullidos pasos de gato, sigilosos y calculados. Primero se pasea por los techos de las casas vecinas, se acerca a una dando muchos rodeos, se sienta en la ventana y observa en silencio durante muchos días. El humano no notará su presencia, se quedará pensando en lo que no es o en lo que no está y no podrá verlo. Ahí se queda el gato, durmiendo en el techo de latón, esperando pacientemente a que su humano quiera rascarle detrás de la oreja. Un día, cansado de sus cavilaciones, ahogado por el espacio vacío de su departamento, saldrá a la ventana a mirar la noche tibia. Ahí estará el gato, acurrucado como siempre, el humano mirará a través de él y nuevamente no lo verá.

Pasarán aún más días, hasta que el humano se dé cuenta de que fuera de su ventana hay un gato. El gato no se moverá y lo dejará mirarlo sólo un instante, que será el tiempo que le dedicará esa vez. Pasará más tiempo y el humano se acostumbrará a verlo ahí, un día lo llamará, como se llama a los gatos, él a penas girará la cabeza hacia su voz. Los días siguientes lo intentará nuevamente, el gato lanzará un maullido breve sin inmutarse, hasta que un día vaya con pasos leves y despreocupados a encontrarse con el humano, pero aún entonces no lo dejará tocarle, sólo lo mirará a los ojos con la cabeza ladeada, el humano le sonreirá. Esa misma semana le dejará un platillo con comida, que el gato comerá en su ausencia y el humano mirará satisfecho a su regreso.

Así, un día, el humano invita al gato a vivir a su casa, y se enorgullece para sus adentros de haber encontrado tan grácil compañía, llegará a temer el día en que se vaya y lo dejará hacer cuanto quiera. Aún entonces el humano seguirá pensando que ha encontrado un gato, mientras su nuevo dueño se lame una pata y entrecierra los ojos, que es como se ríen los gatos.

6 comments 20 Junio, 2007

No enviados

Leo tus mail, todos. Es más, cada día, donde quiera que haya internet, reviso mi correo a ver si hay algo nuevo, algo tuyo. Al principio me pareció ridículo que me escribieras así, pero ridículo chistoso por favor sigue, no ridículo patético por favor para. El primero no te lo contesté porque sé que es mejor hacer la vista gorda frente al ridículo ajeno. Sorprendentemente no desististe.

Entre el 8 y el 15, empecé a revisar mi correo cada vez que había internet a mi alcance. Entre el 10 y el 17 me di cuenta de que no quería que dejaran de llegar, que había algo de ahí que yo necesitaba, que tus palabras me seguían por la calle, que eras un tipo de acosador que nunca me habría imaginado que existía. Creo que fue en el 18 que me dijiste que te detendrías, que entendías lo descabellado que era escribirme sin recibir respuesta, que tu intención no era exasperarme. Yo quería responderte, de verdad, contarte todo esto, cómo a las 3 de la mañana volvía a revisar la carpeta con tu nombre, cómo se había convertido en mi pasatiempo favorito. Contarte que a veces pasaba por una vidriera y se me ocurría que ese gato que mueve la mano podría gustarte, que el nombre de ese libro te daría risa, o que el titular del diario te enfurecería tanto como a mí.

Leía y quería decir algo, pero la situación me parecía inverosímil aún cuando la tenía delante. Yo escribiéndote a ti, diciéndote sí, está bien que tengas tantas cosas que decirme aunque no tengas idea quién soy. Mi sentido del ridículo se mostró mucho más sólido que el tuyo. Aún llegó el 19 y el 20, pero entonces se detuvieron, pasó el tiempo y nunca nada con tu nombre en la bandeja de entrada. Me desesperé un poco, mi sentido de la aventura increpó a mi sentido del ridículo, lo llamó idiota por renunciar a algo agradable sólo porque no tenía sentido. Me quedé atónita, presa de mi propia indecisión. Puse reply, pero no pude escribir una sola palabra, hasta el hola fue sometido a un intenso debate, así es que finalmente sólo apreté send. Después llegó el 21 como si nada hubiera pasado.

Te leo, siempre.

4 comments 13 Junio, 2007

Breve historia de un debut y despedida

¿En qué estaba pensando? No sé, no me preguntes eso, probablemente en nada. Sé que tú hablabas, y que yo a ratos no te escuchaba, porque te miraba la boca, concentrada en su textura, en cómo andaba por tu cara, en qué otros ángulos podía haber para aprehenderla. Así te dejé hablar y me contaste un montón de cosas que eran un poco como secretos, aunque tú lo decías como si fuera lo más normal del mundo, pero en tu voz se notaba que eran secretos. Algo contesté en un momento, algo dije que mí me parecía tal cosa, y tú te quedaste callado, mirando a través de la alfombra, te giraste hacia mi, abriste la boca, tomaste aire, moviste la mandíbula y la volviste a cerrar, luego como en un suspiro dijiste, sí, tienes razón. Entonces me puse a hablar yo, porque me di cuenta de que a ti ya no te quedaban ganas, y también dije cosas que eran un poco secretos, pero las dije como si nada, aunque tú te diste cuenta de que eran secretos porque me brillaban los ojos cuando hablaba. Entonces yo dije algo y tú me respondiste y yo te dije, sí, eso mismo, como si fueras la primera persona en el mundo que podía entender algo así. Y nos miramos y nos reímos y luego otra vez el silencio, pero ahora frente a frente, tu boca ya no se movía, en cambio tenías los ojos clavados en mí. Esos ojos que eran como esas piedras semi-transparentes que pules con una dedicación extraterrestre, brillaban y me arrastraban adentro del color verde, yo me iba sumergiendo mientras algo en mi cabeza me decía que volviera y algo más se reía a carcajadas animándome a no volver nunca. Eso fue seguramente, que escuché la risa en vez de otra cosa, que de repente sonreíste, probablemente porque el silencio comenzaba a ponerte incómodo, y mis risas internas resonaron en la tuya, y tus dientes me invitaron sin querer. Así yo también me reí y me levanté unos centímetros del sillón, te tomé el mentón, para fijar tu cara en mi mano, y te di un beso, un pequeño beso, que apuntaba más al deseo de probarte que al de devorarte.

Tú te quedaste ahí con los brazos abiertos y los ojos también. Me mirabas con insistencia y perplejidad, y claro, la risa mental se calló del todo y en cambio la otra cosa empezó a increparme horrorizada, qué hiciste, qué hiciste, repetía. Tú empezaste a decir algo, dijiste pero… y te absorbieron los puntos suspensivos, no pudiste seguir, probablemente porque pero es una muy mala forma de empezar una frase. Yo nada tenía que argumentar a mi favor, así es que volví a apoyarme en el sillón, derrotada por las circunstancias, por mí misma y mi deseo irresponsable, por ti y tus brazos lánguidos que no evitaron que volviera a la penosa realidad de haber traspasado una puerta que decía no pasar.

Esa perplejidad que se convirtió en derrota fue poco a poco tiñéndose de tristeza, porque varias veces me había imaginado ese momento y debo reconocer que era así, por mucho que fantaseara con finales más felices, por eso durante tanto tiempo le hice caso al letrero. Lo triste era que las cosas imaginadas se realizaban y ya no podía más pensar que eran mi imaginación, ya no podía más conservar una esperanza inconfesable de que no, de que quizás había otra alternativa, algo que no veía, una posibilidad que se me escapaba. No, todo era tal cual era. Entonces giraste la cabeza hacia mí, pero yo no te miré, volviste a mirar al frente y te acercaste dos milímetros, me pasaste el brazo por sobre los hombros, yo no me moví, pero me dejé mover cuando me atrajiste hacia ti. Así nos quedamos, abrazados, tratando de despojarnos del ruido de los pensamientos, traspasándolos con los ojos al suelo o la pared. En algún momento me quedé dormida, quizás tú también. En algún momento despertaste y yo también, pero no abrí los ojos. Me acostaste en el sillón, me arropaste y me besaste la frente. Entonces me dormí y soñé que tal vez…

3 comments 30 Agosto, 2006

El innombrable

Él dijo “Pongámosle Bridget”. Ella entornó los ojos y dijo “No, pongámosle Amanda”. Aunque él ya sabía que su hija se llamaría Amanda, alcanzó a articular una queja desganada “Pero, ¿por qué? Si con mi apellido queda bien, Bridget Pope”, dijo mirando un letrero imaginario. “Pero nadie le dirá Brit-llet” dijo ella, pronunciando cada sonido, “todos le dirán Brillí, y eso es horrible”.

Esa fue la última discusión que ella ganó, porque al poco tiempo él dijo “Me voy”. A los gritos histéricos de ella, y el obstinado “lo siento” en sordina de él, no se le pueden llamar una discusión.

A veces Amanda dice que se llama Bridget. No, no Brillí, Brit-llet.

Add comment 19 Julio, 2006

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