Archive for junio, 2006

En vela

En mi desvelo me voy develando
y al instante me rebelo y más me desvelo
Antes de encontrarme quiero perderme
para poder hallarme en un lugar
que estaba perdido

Mi lluvia cae
y hace un ruidito en el techo de latón
como pequeños deditos
golpeando suavemente mis costillas
cómo voy a dormir sin ti, mi lluvia

Me desvelo y miro sombras
de una sonrisa a tu perfil
a tus ojos atormentados
recortados en el cielo rosa oscuro
y con la mano quiero borrarte o atraparte,
mi sombra que no da sombra

Me desmigajo en una promesa
que no termina de cumplirse
porque justo cae una hoja
o el pelo sobre mi cara

Digo que la próxima noche
no esperaré la lluvia
ni confiaré a las horas
mi cuerpo intacto
y mi reloj atrasado

La luz del día
me somete al rigor
de la sombra que no da sombra
y dejo de esperar la lluvia.

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28 junio, 2006 at 11:45 am 2 comentarios

Primer párrafo

Saltar
del ensayo
a la vida
o el error

Con la primera mayúscula en rojo
prometer un comienzo
y omitir un final

Terminar de creer
en empezar a creer
y creer

21 junio, 2006 at 4:16 pm 1 comentario

La Noche Inventada

Veinte años después intenta escribir la historia, y le parece que es imprescindible que el punto de partida sea esa noche. Comienza diciendo que era una noche… busca un adjetivo que la identifique y recién entonces cae en la cuenta de que no se acuerda cómo era esa noche, qué era lo que había pasado justo antes de todo lo demás, qué era de su vida antes. Busca el adjetivo frenéticamente y casi decide inventarlo y olvidarse de esa noche como fue para quedarse con una noche que inventa a medida que escribe. Sin emabrgo, no es capaz de dejar de lado esa noche, se siente traicionándola en su esplendor mítico, construido a punta de años de reelaboración compulsiva tendiente a revivir aquello que ha quedado en el pasado desde el mismo momento en que amaneció. Noche cálida… ¿fue en verano? ¿No es acaso posible que fuera la noche más gélida de mitad de Junio? ¿No es posible que lloviera incluso? No cree que lloviera, eso lo recordaría, pero no recuerda en lo absoluto si fue en Junio o en Enero, menos aún recuerda la temperatura. Noche azul… las noches azules están sobredimensionadas en la literatura, es demasiado fácil llamarle azul a una noche y esperar que suene poético en vez de alambicado y cursi, cuando la verdad es que quizás era una noche de Julio, una noche naranja que reflejaba las luces de una ciudad que ya entonces era añeja y ajena. Una especie de angustia la recorre cuando se da cuenta de que no es capaz de describir de manera lo suficientemente fiel el momento en que la vida se transformó en algo distinto de los pasos empujados por la inercia. Si esa noche no existe en el recuerdo quizás no exista del todo, quizás no sucedió nunca, quizás su vida nunca cambió.

Se detiene en el ejercicio de escritura y se concentra involuntariamente en el vacío que manifiesta la angustia de replantearse frente a lo sucedido. Se mira las manos, los brazos, que han quedado congelados en el movimiento de teclear, y comprueba que están efectivamente allí, que ella es ella, por lo menos en un sentido material. Aún así no se fía de esta constatación e intenta articular aunque sea una pregunta que realice todo aquello que acaba de manifestarse de improviso, luego de escribir tan solo tres palabras: Era una noche… Piensa que puede ser hora de buscar un ayuda memoria, alguien que le recuerde cómo era todo antes, que le permita deducir al menos cómo podría haber sido esa noche. Efectúa un catastro mental de quienes la rodean, buscando a alguien que la conozca hace más de veinte años, selecciona a los personajes más antiguos, esos de los que apenas registra su aparición, pero aún ellos no son lo suficientemente antiguos. Pronto cae en la cuenta de que no hay ninguno, no hay nadie que hubiera estado allí antes y que lo esté aún. Mientras más lo piensa, mientras más se esfuerza por llamar imágenes de entonces, más se borronea y difumina el antes, adquiriendo tonos de irrealidad, como si aquella fuera la historia de otra persona, una que nos ha contado el dueño del almacén mientras ponía pan en una bolsa, una a la que no hemos puesto suficiente atención.

Piensa en los primeros dagerrotipos, vidrios en los que quedaba impresa la luz por tan sólo unos segundos, porque aún no se inventaba el fijador. Quizás esa noche sea una fotografía que se borra al instante, como una carta bajo la lluvia, su contenido se vuelve indistiguible. Sólo queda el acto de capturar una imagen, o poner algo por escrito, el acto de fijar un momento, de querer resguardarlo de la historia plana, de la vida cotidiana, queda una noche aunque la noche ya no tenga carácter, aunque se difumine hasta el punto de dudar de su existencia. Se levanta de su asiento y va a preparse un café. Mientras hierve el agua, le gritan desde la otra pieza “¿Puedo cerrar esto?” “Guárdalo primero” grita ella de vuelta.

9 junio, 2006 at 10:27 am 4 comentarios


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