Archive for agosto, 2006

Breve historia de un debut y despedida

¿En qué estaba pensando? No sé, no me preguntes eso, probablemente en nada. Sé que tú hablabas, y que yo a ratos no te escuchaba, porque te miraba la boca, concentrada en su textura, en cómo andaba por tu cara, en qué otros ángulos podía haber para aprehenderla. Así te dejé hablar y me contaste un montón de cosas que eran un poco como secretos, aunque tú lo decías como si fuera lo más normal del mundo, pero en tu voz se notaba que eran secretos. Algo contesté en un momento, algo dije que mí me parecía tal cosa, y tú te quedaste callado, mirando a través de la alfombra, te giraste hacia mi, abriste la boca, tomaste aire, moviste la mandíbula y la volviste a cerrar, luego como en un suspiro dijiste, sí, tienes razón. Entonces me puse a hablar yo, porque me di cuenta de que a ti ya no te quedaban ganas, y también dije cosas que eran un poco secretos, pero las dije como si nada, aunque tú te diste cuenta de que eran secretos porque me brillaban los ojos cuando hablaba. Entonces yo dije algo y tú me respondiste y yo te dije, sí, eso mismo, como si fueras la primera persona en el mundo que podía entender algo así. Y nos miramos y nos reímos y luego otra vez el silencio, pero ahora frente a frente, tu boca ya no se movía, en cambio tenías los ojos clavados en mí. Esos ojos que eran como esas piedras semi-transparentes que pules con una dedicación extraterrestre, brillaban y me arrastraban adentro del color verde, yo me iba sumergiendo mientras algo en mi cabeza me decía que volviera y algo más se reía a carcajadas animándome a no volver nunca. Eso fue seguramente, que escuché la risa en vez de otra cosa, que de repente sonreíste, probablemente porque el silencio comenzaba a ponerte incómodo, y mis risas internas resonaron en la tuya, y tus dientes me invitaron sin querer. Así yo también me reí y me levanté unos centímetros del sillón, te tomé el mentón, para fijar tu cara en mi mano, y te di un beso, un pequeño beso, que apuntaba más al deseo de probarte que al de devorarte.

Tú te quedaste ahí con los brazos abiertos y los ojos también. Me mirabas con insistencia y perplejidad, y claro, la risa mental se calló del todo y en cambio la otra cosa empezó a increparme horrorizada, qué hiciste, qué hiciste, repetía. Tú empezaste a decir algo, dijiste pero… y te absorbieron los puntos suspensivos, no pudiste seguir, probablemente porque pero es una muy mala forma de empezar una frase. Yo nada tenía que argumentar a mi favor, así es que volví a apoyarme en el sillón, derrotada por las circunstancias, por mí misma y mi deseo irresponsable, por ti y tus brazos lánguidos que no evitaron que volviera a la penosa realidad de haber traspasado una puerta que decía no pasar.

Esa perplejidad que se convirtió en derrota fue poco a poco tiñéndose de tristeza, porque varias veces me había imaginado ese momento y debo reconocer que era así, por mucho que fantaseara con finales más felices, por eso durante tanto tiempo le hice caso al letrero. Lo triste era que las cosas imaginadas se realizaban y ya no podía más pensar que eran mi imaginación, ya no podía más conservar una esperanza inconfesable de que no, de que quizás había otra alternativa, algo que no veía, una posibilidad que se me escapaba. No, todo era tal cual era. Entonces giraste la cabeza hacia mí, pero yo no te miré, volviste a mirar al frente y te acercaste dos milímetros, me pasaste el brazo por sobre los hombros, yo no me moví, pero me dejé mover cuando me atrajiste hacia ti. Así nos quedamos, abrazados, tratando de despojarnos del ruido de los pensamientos, traspasándolos con los ojos al suelo o la pared. En algún momento me quedé dormida, quizás tú también. En algún momento despertaste y yo también, pero no abrí los ojos. Me acostaste en el sillón, me arropaste y me besaste la frente. Entonces me dormí y soñé que tal vez…

30 agosto, 2006 at 10:20 am 3 comentarios

Invocación a una despedida

La letanía milenaria
anda nadando charcos y
planeando aeropuertos
con fragilidad de péndulo

Luciérnaga indecisa
que resigna a tiempo un tiempo
y se olvida de pensar
en la oscuridad para apagar

puñados de garbanzos
arrojados a los pies de los transeúntes
que se pierden en las grietas
las canaletas
y los pasajes mojados
de una ciudad demasiado grande
para un puñado de garbanzos

Escucho mi risa
en el café de la esquina
queriendo treparse a los árboles
que le tienden un rayo de sol instantáneo

23 agosto, 2006 at 12:53 pm 2 comentarios

Huellas Corporales

Cuando quisiera olvidarme,
la noche me deja huellas de lo que no digo
en lo ojos y los músculos

Mi corporeidad me traiciona
o no me deja traicionarla
como el vaivén del cedazo,
la canción de ritmo indeleble
me suena en el cráneo
como parte del mismo rito

Ya córtala
ya déjate
Me sonríe amable y dice no
con una ternura que no se puede
me dan ganas de sentirme blanda
como almohada o como esponja
y decir ya, bueno
soy blanda como almohada
o como esponja

Le abro la ventana
a la brisa fría de la madrugada
para que no me deje dormir
acurrucada en el silencio
Destapo la jaula de las palabras
que trinan a destajo
digo me quedo
cuando ya me estoy yendo

16 agosto, 2006 at 5:47 pm 1 comentario

Presagio

Para Lorena

Sentarse sobre una piedra
demasiado grande o pequeña
Hundir la cara en la nieve
y las manos en el barro

Huir del cuerpo
que se anuda
Oír el agua
de otra parte

Amanecer con la cara pintada
Soñar otras manos
Asentir y sonreír
Dejarse acudir

9 agosto, 2006 at 4:52 pm 1 comentario

Intangibles

Tengo la cabeza llena
de palabras sin rumbo,
que me miran con los ojos entrecerrados,
ofreciéndome algo
o amenazándome con algo
que no alcanzo a comprender.

No me enteraría
de nada de lo que sucede
si viviera mirando
por la ventana para afuera,
pero si miro por el rabillo del ojo,
o me concentro en mi propia nuca,
alcanzo a ver esas cosas
que casi nunca están allí.

Si no fuera por las cosas que no están,
viviría en un tedio cadencioso y ciego
que ni siquiera se digna a prometer.

Tengo que atrapar todo aquello
con estas palabras
que no son margaritas
sino unos fierros torcidos.
Tal vez
su forma sea una pista
de lo útiles que pueden resultar
para lograr aquello
que carece de sentido en primer lugar.

Me quedo,
me voy
o la tercera persona singular,
son puntos finales
que sólo existen dibujados
en una hoja de papel
y se deshacen
a penas trato de levantarlos,
riéndose de la estupidez
de querer mezclar
dos dimensiones con cuatro.

Las explicaciones se mofan
de mi tranquilidad leve
y mi confianza ridícula.

2 agosto, 2006 at 10:19 am 1 comentario


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